sábado, 25 de octubre de 2008

Disparo 6

Se reían de mí y me llamaban gay. Y yo no era más que un buen mayordomo de mis ojos y mi mente. Intentaban decidir mi presente sin darse cuenta de que yo buscaba decidir mi futuro, para que el presente sólo fuera una consecuencia de mis actos, o de la voluntad divina. Pasaba a su lado y me sonreían, pero me iba y su sonrisa se transformaba en una mueca de burla, o de asombro...y yo creo que era de asombro. No podían creer que un chaval de quince años tuviera tan claro el camino que seguiría a partir de entonces, y que a las cosas importantes las llamara importantes, y no sólo cosas. Para mí era importante no vender mi corazón a cualquiera, y no estaba dispuesto a mil y una postguerras, porque cada bomba rompe un edificio, y cada edificio duele al ser reconstruido. Y si sufría por amor, quería que fuera por otra cosa. Por echar de menos a la chica a la que quería, por tener que subirme una y otra vez a ese autocar que me alejaba de mi voluntad, por tener que aprender a contar los días y a disfrutarlos todos, por mucho que costara...por esperar a los dieciocho años para que me hicieran el regalo. Y llegó. Y ahora ya no me llaman gay. Me llaman afortunado.

No hay comentarios: